Es uno de los motivos de consulta más frecuentes. La persona llega con un laboratorio completo, todos los valores dentro del rango, un «está todo bien» de parte de quien se lo pidió, y una sensación que no se va: cansancio, digestión pesada, sueño que no repara, la cabeza lenta.
No es que los análisis estén mal hechos. Es que la pregunta que se le hizo al laboratorio no era la que había que hacer.
Primero: qué estamos llamando «normal»
Que un valor esté dentro del rango de referencia no significa que sea óptimo. Son dos cosas distintas.
El rango de referencia marca dónde entra la mayoría de la gente que se hace ese análisis. Es un límite estadístico, no un objetivo de salud. Adentro de ese rango hay lugares mejores y peores para estar, y el organismo no funciona igual en un extremo que en el otro.
La medicina funcional trabaja con un rango más estrecho: el rango óptimo, que es donde ese valor se asocia con que la persona esté bien, no solamente con que no tenga una enfermedad declarada. Un valor puede estar dentro de lo que el laboratorio informa como normal y aun así estar lejos de donde debería estar.
Segundo: compararlo con vos, no solo con la tabla
Un análisis aislado dice poco. La misma medición, mirada al lado de las de años anteriores, dice mucho más.
Por eso pido siempre los estudios previos, aunque parezcan viejos o poco relevantes. Cuando se ponen en fila, muchas veces se ve algo que un único análisis nunca habría mostrado: un valor que viene alejándose del centro año a año. Todavía está adentro del rango, así que nunca lo marcaron. Pero se está yendo. Y esa dirección es información: es lo que está a tiempo de corregirse antes de convertirse en un número fuera de rango.
Tercero: lo que todavía no se ve en el laboratorio
Muchas veces la persona se siente mal por algo que todavía no se refleja en un análisis. Y hay una razón para eso: el cuerpo protege los valores de la sangre hasta donde puede, y lo hace gastando reservas. El síntoma aparece cuando empieza a gastarlas. El análisis se altera bastante después, cuando ya se agotaron.
Algunos ejemplos de esa lógica:
- El hierro. La hemoglobina es de las últimas cosas en caer. Antes se vacían los depósitos, que es lo que mide la ferritina. Una persona puede tener la hemoglobina perfecta y estar hace meses con el depósito en el piso, y ahí ya hay cansancio, caída de pelo y menos tolerancia al ejercicio.
- La tiroides. La TSH no es una hormona de la tiroides: es la orden que el cerebro le manda para que trabaje. Si la glándula empieza a rendir menos, el cerebro sube el volumen de esa orden, y la tiroides, exigida, todavía llega a producir lo que hace falta. El resultado es que las hormonas tiroideas dan bien y la TSH ya está más alta de lo que debería. El primer número que se mueve no es el de la glándula: es el del esfuerzo que hay que hacer para que funcione.
- El azúcar. La insulina sube durante años para sostener la glucemia en su lugar. Cuando la glucemia finalmente aparece alterada, el problema ya lleva mucho tiempo instalado.
En los tres casos el laboratorio de rutina, si mira una sola cosa y la mira una sola vez, informa «normal». Y es cierto: en ese momento, ese valor es normal. Lo que no está viendo es el esfuerzo que está haciendo el cuerpo para que lo sea.
Cuarto: lo que solo aparece cuando se registra el día a día
Hay una parte que ningún análisis va a mostrar, porque no está en la sangre: está en lo que la persona hace todos los días.
A veces lo que sostiene el malestar es la alimentación, el descanso, el nivel de estrés o una inflamación intestinal que no da un síntoma digestivo evidente. Eso no se descubre en una consulta aislada. Se descubre cuando se lleva un registro prolijo de cada día durante un tiempo.
Y ahí pasa algo que veo seguido: la persona está convencida de que come de determinada manera, o de que duerme determinada cantidad, y cuando lo ve escrito se da cuenta de que no es así. No porque haya querido mentir. Porque nadie recuerda bien sus propios días. El registro no es un control, es un espejo. Y lo que muestra suele explicar buena parte de lo que estaba pasando.
En resumen
Que los estudios estén normales no cierra la pregunta. La abre.
Hay tres lugares donde seguir buscando: en dónde está parado cada valor dentro de su rango, en hacia dónde viene moviéndose comparado con los años anteriores, y en todo lo que no se mide en sangre y aparece cuando se mira la vida cotidiana con detalle.
Sentirse mal con los análisis normales no es exagerar ni imaginarse cosas. Es, casi siempre, que todavía no se buscó en el lugar donde está la respuesta.
Por eso la medicina funcional no se queda en el resultado ni en el dato suelto. Un valor no es un diagnóstico y una planilla no es una persona. La búsqueda sigue hasta encontrar qué explica lo que a alguien le está pasando, aunque el laboratorio ya haya dicho que está todo bien.
Si te pasa esto y querés que lo miremos con calma, escribime y coordinamos una consulta.
Consultar por WhatsApp